Era una década arruinada por los fantasmas del pasado, pero las masas suelen olvidar todo el dolor colectivo en cuestión de tiempo, la naturaleza humana corresponde perfectamente al instinto (¿positivo?) del cerebro.
Estaba recostado sobre el ligero colchón de esponja en una pequeña cabaña de costa este de Missuri*
tenia los ojos hinchados por despertar a media noche, la luz eléctrica emitía sus característicos zumbidos al dejar la radio desintonizada encendida (aunque el volumen era bastante ligero) un sudor frío exhalaba mi piel, era poco común que aquello ocurriese una noche de verano, dónde por cualquier sitio a estás horas escuchabas las primeras melodías de un ritmo mas pesado a que normalmente estábamos acostumbrados a escuchar, al vivir a las orillas del río de noche (aún con todo el alboroto que proviene del exterior) los mosquitos estaban de serenata. Fui hasta el baño encendiendo un candelabro que solía dejar sobre mi velador, tenía luz eléctrica, pero con todo había olvidado comprar nuevas bombillas y el zumbido de la radio al máximo volumen había soltado sus fusibles. Oriné como habitualmente lo hacía tras despertar y tire la cadena tras el acto, me acerque hasta el lavamanos (aún turbado por despertar a altas horas de la noche), tome el jabón entre mis manos y deje correr la llave, mire en el espejo como mis ojos rojos lucían agotados, las patas de gallos en las comisuras de mis ojos hacían notar el inevitable paso de los años, siendo aún un joven de 29 años el pesado estilo de vida que había llevado hasta entonces me hacia lucir como un cuarentón que había ya desperdiciado la mitad de su vida en fiestas y nunca consiguió una novia a la cual amarrarse (tal vez, ni siquiera a un bebe, pero de aquello no podría estar completamente seguro), de pronto en el rincón superior izquierdo del espejo noto una hoja reseca, al quitarla suavemente de ahí y al tenerla entre mis manos tenía la sensación de que el más mínimo movimiento brusco de mi parte la pulverizaría
en diminutas partes, Lo que decía había sido escrito en una antigua máquina de escribir Remington, o al menos la tipografía correspondía a su típico teclado QWERTY, con todo ser dactilógrafo parecía ser un poco provechoso (al parecer es el dato más inútil que pude recabar esa noche sobre aquella hoja, en Missuri de seguro debían de haber una en cada oficina modesta), sin más el papel poseía todo el misterio típico de las novelas de Poe, sin duda lo único que importaría de aquel papel era lo que decía:
El rebaño sin rumbo (parte 1)
El rebaño errante con sus cuerpos prestados,
Látex desechable de apariencias deseables
¿Cuándo fue que nuestra alma voló?
Es que acaso fue ayer o antes de ayer…
(Nunca tuvimos)
Nuestra carne desdichada se ha ido pudriendo
Solo somos cascarones huecos con apariencias humanas.
¡Putos yonkies! dije en voz alta, pues nadie se sorprendería de verme hablar solo, es más nadie me vería de seguro, lleve la hoja hasta una pequeña mesa que se encontraba en el salón, le abrí espacio entre las cerillas, cucharas y jeringas que estaban todas desparramadas junto con la droga, al ver todo eso tirado por ahí no pude evitarlo, dejé el candelabro sobre la mesa, tire del tirante que sujetaba mi pantalón de pijama e hice un nudo marinero sujeto a mi bicep lo bastante tenso para que no cayera sobre mis piernas de vuelta (y lo suficientemente suelto para no cortar la circulación, aún) saque una cucharada rasa de droga y la puse el tiempo suficiente sobre la llama del candelabro, esperé a que las burbujas comenzaran con su típica danza mística, como la de las fosas de alquitrán, tomé la aguja más cercana a mi y la rellene con una dosis ligera, tan solo para dormir y luego con suerte despertar y conseguir llegar al trabajo al día siguiente, tire con los dientes del tirante que apretaba mi bicep hasta que las venas sobresalían de forma monstruosa por la parte interior de mi codo, vi los equimosis que tenía en el debido al continuo uso de estupefacientes (adoro aquella palabra) en las tardes con mis amigos yonkis, ellos por su parte preferían llamarse beat. Al introducir la aguja en mi equimosis favorita y al comenzar a suministrar la droga vi como la silueta de una mujer me observaba desde la ventana, era más que una silueta, su cabello abultado era rubio, pero el resto de la imagen y el cuerpo era indivisible para mi, era como ver a una mujer con mallas alrededor de todo el cuerpo, lo único que dejaba ver de ella era su gran champa de pelo sobre su cabeza, fuera de eso su cuerpo era estupendo, poseía una cintura pequeña y unas grandes caderas, se acercaba a mi con pasos seductores, ¡Mierda! ¿Dónde está mi mente? pensé, por lastima, para mi era demasiado tarde, había ya inyectado toda la dosis.
"Si he de vivir que sea sin timón y en el delirio"
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